Renunciar a algo propio por el bien de los demás es una de las acciones más recompensadas en el mundo espiritual. Es cuando soltamos algo muy preciado, sabiendo que eso traerá felicidad a otros. En nosotros, queda un vacío, un sentimiento quizás amargo, o de tristeza. Pero estas emociones, se mezclan con la alegría de ver a otros felices. De saber que gracias a que hemos soltado, los demás pueden disfrutar. Y las piezas entonces, encajan en su sitio.
La renuncia es un grado profundo del soltar, en varios niveles: la generosidad, el dar, el soltar, y luego el desprenderse de lo que más queremos, o deseamos. Puede ser una persona, una mascota, un objeto o tiempo. Cuando se trata de otro ser, al que estamos soltando, se produce un desprendimiento, que permitimos que suceda. Puede haber resistencia, es uno de los procesos más difíciles de atravesar, pero siempre, cuando se hace a conciencia, resulta menos doloroso. Es decir, el dolor está, por el duelo de esa pérdida, pero a la vez sabemos que eso es lo correcto. Sabiendo que ese Ser, no nos pertenece. Y aún más, puede estar asignado a otra persona en determinado momento, tener otra misión que cumplir en otro lugar. Si la obstaculizamos, reteniéndolo, entonces se produce una distorsión temporal.

Los caminos se atrasan. O termina desprendiéndose, de todas formas. Alejándose naturalmente. Ese tiempo juntos no estaba destinado a ti. Pero al apegarnos, lo forzamos. O creemos que, sin eso, no podemos vivir. Cuando una situación así se reitera, llegan pruebas más grandes. Todo se ordena, para disponernos a renunciar. Hay un equilibrio natural en ese acto de compasión. No es un sacrificio, como se podría suponer. No es vivido desde ese lugar, porque compartes un sentimiento de conexión profunda. La belleza surge cuando observamos que, más allá de nuestro desgarramiento, sucede algo importante en el afuera. Gracias a el, otros son felices. Y esta felicidad colma el vacío. Lo armoniza, como una suave brisa calmante. Es una paz extraña, porque disfrutamos a través del disfrute del otro. Y esta es la práctica de la Unidad que subyace entre todos los seres.
Podemos ser felices, sabiendo que otros lo son. Deja de ser necesario que algo te pertenezca. Si sabes que estará bien -incluso, descubres que mejor que contigo-, esa sola imagen funciona como una medicina para tu dolor. Y es el sentimiento más alto que una persona puede tener. Esa serenidad, que va suavizando el vacío, lo cauteriza… Hasta lentamente, hacerlo desaparecer. Esto funciona también, para los seres queridos que parten a otro plano. Ellos no terminan su viaje en el momento de morir, sino que su alma perdura, incluso es capaz de observarnos. Cuando logras soltarlos, les das la oportunidad de liberarse, y en su nuevo hogar, de disfrutar esa nueva “vida”. Lo mismo sucede con parejas, hijos, amigos, mascotas; que se van a vivir sus propios caminos, alejados de nosotros. Hay varios signos que nos dicen que algo debe concluir. Y a veces los desoímos. Nos instalamos en la retención, el sostener algo que, en verdad, debe ser liberado. Aprender a escuchar estas señales a tiempo, evitará mucho sufrimiento. Y nos hará maestros en el arte de soltar desde el amor. Es aún más fuerte dentro de esta conciencia, que el otro sea feliz, que tu propio disfrute. Es más, no podrías ser feliz, sabiendo que el otro padece por este acto de apropiación. Entonces, el camino es renunciar. Cuando entablas ese lazo profundo de Unidad con los demás, su felicidad es también la tuya.
Laura Gerscovich





